Telmar

Nuestra nueva realidad

Indiscutiblemente la aparición del virus nos ha cambiado de forma que no podíamos pensar. En los inicios de la pandemia sabíamos o intuíamos que debíamos cambiar ciertos hábitos de conducta social muy comunes en los países del sur de Europa o en nuestros países hermanos de Latinoamérica. Somos una cultura de contacto social y nos gusta, y personalmente creo que es una buena característica. Lo que no sabíamos es que íbamos a presenciar su fin por completo.

Imagino que todos, cuando se inició la pandemia, fuimos conscientes de la gravedad de la situación, y en mayor medida, todos y cada uno de nosotros nos responsabilizamos para paliar esto. Hoy, después de haber pasado un confinamiento, es innegable que ciertos comportamientos sociales han cambiado. No soy psicólogo o antropólogo por lo que únicamente puedo hablar en primera persona y desde mi percepción, y que con casi toda seguridad muchas personas coincidirán conmigo.

Soy una personal social, eso me caracteriza, me gusta estar con gente, conocer nuevas personas, lugares, descubrir nuevas experiencias, ver lo maravilloso que puede ser el mundo. Enamorarme de lugares mágicos, coger un destino en Google maps e irme sin pensarlo dos veces. Hacer del mundo mi hogar y de las personas que lo integran mi núcleo familiar. Y me enorgullece ser así.

Durante el tiempo de cuarentena, como mucha gente, tuvimos tiempo (aquellos que quisieron) de reflexionar, reevaluar nuestra vida y nuestras prioridades. Aunque afortunadamente yo es algo que hago constantemente, pude entender o más bien reforzar prioridades que ya sabía. Para mi la aparición de esta nueva realidad ha sido un verdadero jarro de agua fría. Y comienzo a dudar de si volveremos a la anterior “normalidad” o si las personas seremos las mismas que antes. No soy de esas personas que afirma que saldremos reforzados, para nada, el mundo seguirá girando, y la economía seguirá siendo la prioridad absoluta antes que las personas. Abandoné esa guerra hace mucho tiempo.

La verdad es que me niego a vivir en un mundo donde las muestras de afectividad estén vetadas. Me niego a vivir en una sociedad donde tengamos miedo unos de otros, por la inseguridad de saber dónde y con quién hemos estado. Que existan unas reglas gubernamentales que nos limiten la libertad con la que nacemos (no es apología de ningún partido político ni desobediencia), de perderme este gran viaje que es la vida conociendo lugares y personas extraordinarias porque no están en mi ámbito geográfico o en mi propio país. Aunque de momento lo están haciendo.

Hecho de menos tener una cita en un restaurante junto a la playa, pasear en un paseo marítimo sin estar pensando en el horario y que actividad estoy haciendo. Hacer cualquier deporte cuándo y dónde quiera. Y por el contrario nos encontramos con lugares desérticos, carteles de cerrado por COVID, un verdadero desastre.

Confieso que soy un gran defensor de las leyes preestablecidas y de los que velan por nuestra seguridad. En un estado de bienestar todos debemos arrimar el hombro. Y creo que las circunstancias o las situaciones injustas han de cambiarse siempre con la palabra y el entendimiento como arma, nunca con la violencia, la desobediencia o la imposición. Sé que la coherencia, el respeto y el sentido común son atributos que no imperan, desgraciadamente, en nuestro mundo, aunque seria lo ideal. Pero también sé (porque así lo siento) que somos seres sociales, que nos necesitamos y que el mundo siempre es más colorido cuando existen personas que libremente consideran cualquier rincón de este planeta su mundo.

Cuando era más niño me preguntaban que quería ser de mayor, en su momento imagino que respondería que quería ser rico o directivo de una gran empresa. Afortunadamente, al estilo de Pablo de Tarso, tuve una caída del caballo, y descubrí que ningún buen trabajo me daría lo que quería ser. Descubrí ya hace mucho tiempo lo que quería ser, y así lo transmití. Quiero ser Feliz, eso es lo que quiero ser cuando sea mayor. Y creedme es una de las cosas más difíciles de alcanzar.

Obviamente si los ciudadanos no estuviéramos tan ocupados con mantener la cabeza en nuestro culo las cosas serían diferentes. Vivimos días de tener el mejor Iphone, Imac, mejor coche, moto, casa…  mejores vacaciones, mejor causa a la que apoyar o mejor y más grande marca que lucir cuando salimos a la calle. Pues siento defraudaros todo eso no os evitará padecer un cáncer, de que tu pareja sea infiel o exigir un respeto, que primero se gana respetándose uno mismo. Antes del COVID-19 el mundo no era perfecto, no, pero al menos, aquellos que no queríamos seguir las reglas sociales preestablecidas podíamos hacerlo. Podíamos vivir fuera de toda la vorágine y celeridad que la corriente de la sociedad te marcaba. Ahora es algo más complicado, todos debemos seguir el mismo redil, y lo peor de todo es que este camino parece no tener un buen fin.

Vivimos en un mundo de supuestos iguales, cuando las diferencias es lo que nos hacer ser únicos.

Como siempre he creído que la llave está en nosotros, somos la clave del cambio siempre y cuando queramos. Pero está claro que en una sociedad donde prima el egoísmo, el ser mejor que los demás, seguir unos modelos preestablecidos y donde el materialismo impera en cada uno de nosotros esto será muy difícil. Vivimos una realidad donde ser igual que el otro es lo importante sin darnos cuenta de que lo importante es que a todos nos toca ser diferentes en un mundo de supuestos iguales, cuando las diferencias son lo que nos hace ser perfectos.

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